miércoles, 31 de agosto de 2011

La maestrita del vestido rosa






















Todas las mañanas, por la misma calle,
del pobre suburbio, pasa la maestra.
La dulce maestra del vestido rosa,
con sus ojos tristes y su cara seria.


Va siempre de prisa, como temerosa
de hacerse esperar en la escuela.
Lleva en una mano la enorme cartera,
llena de papeles, útiles, cuadernos
que todos los días se trae y se lleva
para revisarlos en las horas libres...
que su casa y su clase le dejan.


A veces los niños le salen al paso,
entonces su cara se pone de fiesta,
y las claras voces de los colegiales
llenan de alegría la triste calleja.


"Deme los cuadernos a mí, señorita."
"A mí, señorita, yo tengo más fuerza."
"Señorita, tome, son rosas de casa;
para usted las corté de la huerta."
Y la señorita del vestido rosa
sonríe... como una beatífica abuela.


En las crudas mañanas de invierno,
cuando el frío y los vientos arrecian,
se la ve, levemente encorvada,
caminar por las calles desiertas,
con sus ojos tristes,
con su cara seria,
y en las manos nerviosas y finas,
la enorme y pesada cartera.


En setiembre su cara de monja
se enrojece, se aviva, se alegra,
como el duraznero de ramas birsutas,
en las mañanitas dela primavera.



Es más ágil y firme su paso
por la calle que lleva a la escuela.
Sus ojos se tornan más hondos y dulces,
se hacen más extensas sus suaves ojeras,
pero igual que en las crudas
mañanas de invierno,
en que fríos y vientos arrecian,
brilla ya, en el fondo de sus ojos garzos,
la llamita tenue de una antigua pena.
De una pena oculta, callada, secreta,
que no ha conseguido borrar la clara gloria
matutina de la primavera.


Y así, diariamente, por la misma calle
del pobre suburbio, pasa la maestra;
la dulce maestra del vestido rosa,
con sus ojos tristes y su cara seria,
para ir a enclaustrarse tres horas
en las bullangueras aulas donde cuida niños,
porque Dios no quiso
que ella los tuviera.


Y la maestrita del vestido rosa
sin ser nunca ni madre ni abuela,
insensiblemente, sin notarlo acaso,
sin una caricia, sin una protesta,
rodeada de alegres caritas de niños,
se va haciendo vieja,
se va haciendo vieja...

Alfredo R. Bufano


1 comentario:

Aprecio mucho su comentario. Cordialmente, Mirta Delia.