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viernes, 6 de febrero de 2015

Himno al árbol (fragmento)



Árbol hermano, que clavado
por garfios pardos en el suelo,
la clara frente has elevado
en una intensa sed de cielo.

Árbol que anuncias al viandante
la suavidad de tu presencia
con tu amplia sombra refrescante
y con el nimbo de tu esencia.

Árbol diez veces productor:
el de la poma sonrosada,
el del madero constructor,
el de la brisa perfumada,
el del follaje amparador.

Hazme en el dar un opulento.
¡Para igualarte en lo fecundo
el corazón y el pensamiento
se me hagan vastos como el mundo!

Y todas las actividades
no lleguen nunca a fatigarme;
¡Las magnas prodigalidades
salgan de mí sin agotarme!

Árbol que no eres otra cosa
que dulce entraña de mujer,
pues cada rama mece airosa
en cada leve nido un ser.

¡Haz que a través de todo estado
-niñez, vejez, placer, dolor-
asuma mi alma un invariado
y universal gesto de amor!

Gabriela Mistral

jueves, 15 de septiembre de 2011

La maestra rural



La maestra era pura.
“Los suaves hortelanos”, decía,
“de este predio, que es predio de Jesús,
han de conservar puros
los ojos y las manos,
guardar claros sus óleos,
para dar clara luz”.
La maestra era pobre.
Su reino no es humano.
(Así en el doloroso sembrador de Israel).
Vestía sayas pardas, no enjoyaba su mano
¡y era todo su espíritu un inmenso joyel!
La maestra era alegre. ¡Pobre mujer herida!
Su sonrisa fue un modo de llorar con bondad.
Por sobre la sandalia rota y enrojecida,
era ella la insigne flor de su santidad.
¡Dulce ser! ¡En su río de mieles, caudaloso,
largamente abrevaba sus tigres el dolor!
Los hierros que le abrieron el pecho generoso
más anchas le dejaron las cuencas del amor:
¡Oh, labriego, cuyo hijo de su labio aprendía
el himno y la plegaria, nunca viste el fulgor
del lucero cautivo que en sus carnes ardía;
pasaste sin besar su corazón en la flor!
Campesina, ¿recuerdas que alguna vez prendiste
su nombre a un comentario brutal o baladí?
Cien veces la miraste, ninguna vez la viste,
y en el solar de tu hijo, de ella hay más que de ti.
Pasó por él su fina, su delicada esteva,
abriendo surcos donde alojar perfección.
La albada de virtudes de que lento se nieva
es suya, Campesina, ¿no le pides perdón?
Daba sombra por una selva su encina hendida
el día en que la muerte la convidó a partir:
Pensando en que su madre la esperaba dormida,
a La de Ojos Profundos se dio sin resistir:
Y en su Dios se ha dormido, como en cojín de luna;
almohada de sus sienes, una constelación;
canta el Padre para ella sus canciones de cuna
y la paz llueve largo sobre su corazón.
Como un henchido vaso, traía el alma hecha
para dar ambrosía de toda eternidad;
y era su vida humana la dilatada brecha
que suele abrirse el Padre para dar claridad.
Por eso aún el polvo de sus huesos sustenta
púrpura de rosales de violento llamear:
¡Y el cuidador de tumbas, como aroma, me cuenta
las plantas del que huella sus huesos, al pasar!

Gabriela Mistral

martes, 13 de septiembre de 2011

El corro luminoso


Corro de la niñas,

corro de mil niñas

a mi alrededor:

¡oh, Dios, yo soy dueña

de este resplandor!

En la tierra yerma,

sobre aquel desierto

mordido de sol,

¡mi corro de niñas

como inmensa flor!

En el llano verde

al pie de los montes

que hería la voz,

¡el corro era un solo

divino temblor!

En la estepa inmensa,

en la estepa yerpa

de desolación

¡mi corro de niñas

ardiendo de amor!

En vano queréis

ahogar mi canción:

¡un millón de niños

la canta en un corro

debajo del sol!

En vano queréis

quebrarme la estrofa

de tribulación:

¡el corro la canta

debajo de Dios!

Gabriela Mistral

viernes, 8 de julio de 2011

Decálogo del maestro

maestra
1. AMA
Si no puedes amar mucho, no enseñes a niños.

2. SIMPLIFICA
Saber es simplificar sin restar esencia.

3. INSISTE
Como la naturaleza repite las especies hasta alcanzar la perfección.

4. ENSEÑA
Con intención de hermosura, porque la hermosura es madre.

5. SÉ FERVOROSO
Para encender lámparas hasta llevar fuego en tu corazón.

6. VIVIFICA TU CLASE
Cada lección ha de ser viva como un ser.

7. ACUÉRDATE
Tu oficio no es mercancía, sino que es servicio divino.

8. ATESORA
Para dar hay que tener mucho.

9.PREPÁRATE
Antes de dictar tu lección cotidiana,mira a tu corazón y ve si está puro.

10. PIENSA...
...en que Dios se ha puesto a crear el mundo de mañana.

GABRIELA MISTRAL

miércoles, 22 de junio de 2011

¡Echa la simiente!

hombre sembrando


El surco está abierto, y tu suave hondor
Bajo el sol semeja una cuna ardiente
¡Oh, labriego, tu obra es grata al Señor!
¡Echa la simiente!

Nunca, nunca, el hambre negro segador
A tu hogar se llegue solapadamente.
Para que haya pan, para que haya amor,
¡Echa la simiente!

La vida conduce, rudo sembrador,
Canta himnos donde la esperanza aliente.
Burla la miseria y burla al dolor,
¡Echa la simiente!

Gabriela Mistral

martes, 14 de septiembre de 2010

Creo en mi corazón

Creo en mi corazÓn

Creo en mi corazón, ramo de aromas
que mi Señor como una fronda agita,
perfumando de amor toda la vida
y haciéndola bendita.

Creo en mi corazón, el que no pide
nada porque es capaz del sumo ensueño
y abraza en el ensueño lo creado:
¡inmenso dueño!

Creo en mi corazón, que cuando canta
hunde en el Dios profundo el franco herido,
para subir de la piscina viva
recién nacido

Creo en mi corazón, el que tremola
porque lo hizo el que turbó los mares,
y en el que da la Vida orquestaciones
como de pleamares.

Creo en mi corazón, el que yo exprimo
para teñir el lienzo de la vida
de rojez o palor y que le ha hecho
veste encendida.

Creo en mi corazón, el que en la siembra
por el surco sin fin fue acrecentando.
Creo en mi corazón, siempre vertido,
pero nunca vaciado.

Creo en mi corazón, en que el gusano
no ha de morder, pues mellará a la muerte;
creo en mi corazón, el reclinado
en el pecho de Dios terrible y fuerte.

Todas íbamos a ser reinas

Todas Íbamos a ser reinas
Todas íbamos a ser reinas,
de cuatro reinos sobre el mar:
Rosalía con Efigenia
y Lucila con Soledad.

En el valle de Elqui, ceñido
de cien montañas o de más,
que como ofrendas o tributos
arden en rojo y azafrán.

Lo decíamos embriagadas,
y lo tuvimos por verdad,
que seríamos todas reinas
y llegaríamos al mar.

Con las trenzas de los siete años,
y batas claras de percal,
persiguiendo tordos huidos
en la sombra del higueral.

De los cuatro reinos, decíamos,
indudables como el Korán,
que por grandes y por cabales
alcanzarían hasta el mar.

Cuatro esposos desposarían,
por el tiempo de desposar,
y eran reyes y cantadores
como David, rey de Judá.

Y de ser grandes nuestros reinos,
ellos tendrían, sin faltar,
mares verdes, mares de algas
y el ave loca del faisán.

Y de tener todos los frutos,
árbol de leche, árbol del pan,
el guayacán no cortaríamos
ni morderíamos metal.

Todas íbamos a ser reinas,
y de verídico reinar;
pero ninguna ha sido reina
ni en Arauco ni en Copán...

Rosalía besó marino
ya desposado con el mar,
y al besador, en las Guaitecas,
se lo comió la tempestad.

Soledad crió siete hermanos
y su sangre dejó en su pan,
y sus ojos quedaron negros
de no haber visto nunca el mar.

En las viñas de Montegrande,
con su puro seno candeal,
mece los hijos de otras reinas
y los suyos nunca-jamás.

Efigenia cruzó extranjero
en las rutas, y sin hablar,
le siguió, sin saberle nombre,
porque el hombre parece el mar.

Y Lucila, que hablaba a río,
a montaña y cañaveral,
en las lunas de la locura
recibió reino de verdad.

En las nubes contó diez hijos
y en los salares su reinar,
en los ríos ha visto esposos
y su manto en la tempestad.

Pero en el valle de Elqui, donde
son cien montañas o son más,
cantan las otras que vinieron
y las que vienen cantarán:

«En la tierra seremos reinas,
y de verídico reinar,
y siendo grandes nuestros reinos,
llegaremos todas al mar».